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Por cauces y laderas: Respeto ante una nueva temporada de caza

Dedicar un homenaje a la pieza que yace a nuestros pies

TELLO ANTOLÍN

Decía Ortega y Gasset, filósofo español que la muerte no es el fin de la caza sino que es una consecuencia inevitable del acto venatorio. Para alguien alejado del mundo cinegético es quizás un concepto difícil de asimilar y puede que hasta incomprensible. Pero seguro que cualquier aficionado comprende al instante el profundo significado de esta reflexión.

No podemos ni debemos, justificar un acto violento como es la muerte de un animal con comportamientos poco éticos y poco respetuosos con la pieza muerta. No hace mucho leía un artículo en una revista de prensa cinegética, éste calificaba, en mi opinión acertadamente, como verdaderamente impresionante la estampa de un ritual oferente a las piezas de caza, tras una cacería que había presenciado en un país de la “vieja Europa”. Decía un viejo indio “Cherokee”, que las piezas de caza debían abatirse en buena lid si queríamos que el “Gran Espíritu” nos lo devolviera para poderlas de nuevo cazar y asegurar así el sustento de la tribu, y añadía, algo que el hombre blanco nunca entenderá…. Y buena razón que llevaba el indio, ¡ese salvaje a los ojos de los blancos! Al contemplar como éstos mataban bisontes desde el ferrocarril por pura diversión.

Tan importante es practicar una caza respetuosa con los cupos y maneras que aseguran la buena gestión, como dedicar un homenaje a la pieza que yace a nuestros pies. Al final muchos pueden pensar que tan solo es pura estética, pero es algo más. Es una muestra de respeto que merece nuestro adversario, por insignificante que sea. Tanto o más se merece una “pequeña codorniz” como el “ciervo” de nuestra vida, o como ofrecer el “último bocado” esa ramita que se pone a los cérvidos y cerdunos abatidos en la boca, o limpiar la jeta del jabalí ensangrentado hacen que el ritual se cumpla, y que la muerte sea menos muerte.

Salvando las distancias, a nadie le gustaría que su pieza de caza, fuera pisoteada, insultada y hasta despedazada por unos perros con sus fauces ensañadas de rabia. Qué mensaje se puede lanzar a una sociedad, cada vez con ideas menos venatorias ante un jabalí ensangrentado y atado en la delantera de un todoterreno o ante la foto del orgulloso cazador agarrado a su trofeo, como si de un estrangulamiento se tratara, y donde el color rojo domina la escena. Por el contrario he visto amigos y compañeros de caza menor que tras cazar una perdiz, abatida después de varios vuelos, la depositaban en su morral con tan delicadeza que parecían no querer importunar su sueño. Escenas como ésta, sin duda, conmueven y hacen comprender ese sentimiento profundo que corre por las venas de cazador. Y es que cuesta muy poco, pero es de gran valor, dedicar un último y sentido homenaje a nuestra pieza abatida. ¡En fin amigos! Vivimos en un mundo competitivo y, en cierta medida “algo salvaje”.

Luchemos por hacerlo más humano, no sé si ésta es la palabra más adecuada y sigamos cazando pero con cultura, tradición y respeto. Una cultura que no implica, o no debe implicar, el egoísmo y el alarde de nuestros logros de caza. Practiquemos una caza exenta de malas maneras con los demás cazadores, con las piezas de caza y con el resto de la sociedad no cazadora, y eduquemos a nuestros hijos con esa dualidad de cultura cinegética y respeto por los seres vivos y por la naturaleza que nos rodea. Pues sólo así nos podremos sentir orgullosos de ser unos humanos cazadores… ¡Suerte!

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