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La punta del dichoso: Intuición

Cuenta la leyenda que, en tiempos inmemoriales, en la villa de Xerez Equitum, vivió un sencillo caballero llamado Don Pedro, que, de niño, fue educado por un erudito hebreo


MÁXIMO HERMANO

 

Fue el único superviviente de la matanza que él y sus hermanos de fe sufrieron a manos del oscuro rey de Castilla, quien ordenó decapitar a todos los templarios de la villa simplemente por sostener sus ideas, mantenerse fieles en la defensa de la verdad y no someterse a la voluntad del tirano.

 


Después de la sangrienta y desigual batalla, Don Pedro se despertó entre los escombros del castillo, rodeado de cuerpos inertes, pero con las fuerzas necesarias para poder asir su espada de Damasco, que reposaba junto a su malherido cuerpo, silbar a su blanco caballo, montar encima de su grupa y galopar hacia su libertad.

 


Al inicio de su marcha, el guerrero echaba de vez en cuando la vista atrás, sin dar crédito a lo que había pasado. No alcanzaba a comprender lo sucedido, no aceptaba la cruda realidad y se torturaba preguntándose el porqué de tan grande injusticia sobre él y los suyos:

 


—¿Por qué, señor?

 


—¿Cuáles han sido nuestros pecados para merecer tu castigo?

 


Cabalgó durante eternas jornadas por áridos parajes, sufriendo en silencio por el dolor de sus heridas y delirando por la fiebre.

 


Al cabo de un tiempo incontable, una tarde invernal, cuando ya el sol empezaba a ocultarse, llegó a los pies de un monte pelado. El cruzado intentó dar la vuelta y evitar la marcha por el angosto camino de ascenso; sin embargo, su caballo no obedeció y puso rumbo hacia la cima.

 


Don Pedro, ofuscado por el odio y el rencor, no entendía que su caballo le guiara por tan peligroso camino hacia un destino que creía sin salida. Sentía que la sinuosa y escarpada senda era un laberinto de sufrimiento inútil y gratuito.

 


Tras muchas horas de angustia e incertidumbre, llegó a lomos de su noble corcel a la cima del monte, justo hasta el borde del precipicio.

 


El caballero estaba horrorizado, su corazón palpitaba sin control, el sudor corría por su rostro enrojecido por el miedo, sus brazos entumecidos apenas podían sujetar la descomunal fuerza del animal que, pese a todo, parecía querer seguir hacia el vacío.

 


Don Pedro, exhausto, cerró los ojos y, en ese momento, pudo ver con claridad, lo comprendió todo. Aceptó su destino y, suavemente, aflojó las riendas, respiró profundamente y liberó su corazón. Entonces, desaparecieron su odio y su rencor, la tristeza salió de su ser y su alma se llenó de paz.

 


El blanco caballo adelantó el paso con firmeza y serenidad sobre el abismo y, en ese mismo instante, un puente de luz nació bajo sus pies.

 


Cuenta la leyenda que el jinete continuó el viaje que le condujo a la verdad y se convirtió en un guerrero pacífico, en un soldado indestructible.

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