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La mirada crítica: Prisas

La creciente presencia de las tecnologías de la comunicación en las vidas cotidianas

JESÚS DIEZ SÁNCHEZ

 

“Abuelita, ya hemos llegado, te quiero mucho”. Los hijos se han ido después del puente de Reyes y, a la mañana siguiente, la nieta de siete años le pasa este mensaje de voz. Y la abuela feliz.

 


Es sólo una escena significativa de la creciente presencia de las tecnologías de la comunicación en las vidas cotidianas de cada uno de nosotros. Los mundos personales y los familiares, los de los amigos y los laborales, los de las empresas y los financieros, los del consumo y los del ocio, los sanitarios y los de la investigación en cualquier rama de la ciencia, etc., todos han resultado enriquecidos por el desarrollo de las tecnologías de la comunicación.

 


Cada vez es más fácil tener información sobre este fenómeno y su veloz implantación. Pero a uno le da la sensación de que estamos ante algo que, independientemente de lo mucho que aporta, habría de ser reflexionado y debatido con más atención y menos prisa por parte de los ciudadanos de a pie. Más cuando se observan una serie de hechos de calado que lo acompañan.

 


La prensa ofrece datos que no dejan de ser llamativos. Por ejemplo, en España hay más de 24 millones de esmartphone. Los usuarios lo revisan, por término medio, más de 100 veces al día. El 87% de los españoles lo tiene al lado las 24 horas y un 80% confiesa que lo primero que hace al despertar es mirar el teléfono. Solo el 24% de los españoles prefiere comunicarse en persona; el 35% opta por la mensajería instantánea; y el 33,5% llama por teléfono. La reacción fisiológica del cuerpo de un adicto cuando no tiene el móvil es similar a la de quien necesita droga o ir al casino: nervios, taquicardia y sudor.

 


Nos asoman estos datos a lo que hoy se denomina “hiperconectividad”. Un reconocido analista social, Daniel Innerarity, explica cómo la obligación de estar conectados invade todos los ámbitos de la sociedad y convierte la cotidianidad en un asunto extenuante. Aumentan, dice, los diagnósticos que refieren una verdadera dependencia provocada por el exceso de interpelaciones y la sobredosis comunicativa. Hoy, concluye, la libertad tiene también forma de desconexión.

 


En esta misma línea, los periódicos de primeros de enero hablan de una ley que en Francia pretende limitar los contactos de la empresa con el trabajador fuera de los horarios de trabajo. Uno de los periodistas que escribe sobre ello afirma: “Las nuevas tecnologías han revolucionado el mundo laboral, permitiendo nuevos esquemas organizativos. La parte positiva es que aportan nuevas oportunidades de flexibilidad, como la posibilidad de trabajar a distancia y de facilitar las comunicaciones en grupo. Pero también borran las fronteras entre la vida personal y la profesional y nos convierten a menudo en esclavos del móvil y del ordenador, incluso durante los fines de semana y en vacaciones”. Trabajadores hay, por otro lado, que constatan que no aceptar esta invasión de la vida privada puede suponer la pérdida del trabajo.

 


A este tipo de fenómenos me refiero cuando digo que se habrían de tener posturas menos precipitadas y más reflexivas en torno al uso de las tecnologías de la comunicación. Pero no son los únicos. Siguiendo la prensa de esta última temporada surgen otros muchos ejemplos.

 


Está la cuestión de los “minerales de sangre” (oro, estaño, tantalio y wolframio…) que se emplean en los móviles, las tabletas o los ordenadores y que, tantas veces, están relacionados con conflictos bélicos, pésimas condiciones laborales y mafiosas prácticas comerciales. O está, también, la cesión consciente o inconsciente de nuestros datos, de nuestra privacidad, a cambio de servicios aparentemente gratis como los whatsapps. O la ideología dogmática que acompaña la velocidad de implantación de estas tecnologías, y que, poco a poco, coloniza las mentalidades sociales: lo último es lo mejor, hay que cambiar, urge actualizarse, no hay que quedarse fuera; por cierto, para lo mismo vivir mañana, porque lo último de hoy mañana estará viejo. O el inmenso poder económico y social que van alcanzando empresas como Google, Apple, Microsoft o Amazon, acaparando cada vez más servicios —desde los coches a la banca, pasando por la distribución y la publicidad— y haciéndose cada vez más imprescindibles en nuestras vidas.

 


Son solo unos botones de muestra. Y no tienen el aspecto de ser cuestione banales.

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