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La punta del dichoso: Cerrando puertas

"Sólo cerrando las puertas detrás de uno, se abren ventanas hacia el porvenir" (François Sagan)

MÁXIMO HERMANO

Hace mucho tiempo, en un frío lugar de la tierra llana, vivía un joven guarnicionero de noble corazón. Siempre había soñado con que, algún día, viajaría a lejanas tierras, más allá del inmenso mar.


Trabajaba en la hacienda de un conde muy viejo y muy rico, haciendo las cabezadas y riendas de cuero crudo para sus caballos. Lo que más amaba de su ocupación era todo lo que aprendía del mayoral. Éste era un mestizo enjuto y silencioso. Cuidaba de las cuadras de su señor desde hacía muchos años, cuando habían vuelto juntos de América, después de perder la batalla de Chacabuco.


En la hacienda, todo el mundo sabía que el mestizo era fruto de la unión del señor con una sirvienta, de cuando el noble había vivido en el Nuevo Mundo. El mayoral conocía los gustos y el carácter de cada caballo, los trataba de manera serena y con templanza, y los animales le obedecían sin rechistar ni quejarse. Lo que más sorprendía al mozo de los quehaceres diarios del mayoral era la forma en que éste, cada noche, cerraba las puertas de las cuadras.


El mayoral salía lentamente de la cuadra, se giraba sobre sí mismo y con firmeza y, al mismo tiempo de manera delicada, giraba el manillón hasta encajarlo en el hueco del herraje y luego, comprobaba que no podía abrirse ni por accidente ni por la acción del animal. No lo hacía de golpe, pues las puertas podían quedar mal cerradas y abrirse de nuevo. Tampoco las cerraba de manera descuidada y floja, pues la querencia de los caballos era pastar libremente y, todas las noches, tanteaban las cerraduras para intentar escaparse y disfrutar de los pastos frescos de los prados.


De este modo, cerraba las cuarenta y ocho puertas de las cuadras, una a una. Sin prisa, revisando todas y cada una de ellas. El mayoral hablaba poco y cuando lo hacía, empleaba una forma muy curiosa de dirigirse al muchacho. Casi siempre le hacía preguntas, que muchas veces dejaban al mozo pensativo durante días. Al zagal le sorprendía la paciencia del mestizo, tanto como su carácter callado.


En una ocasión, su curiosidad no pudo más y le preguntó:
—¿Por qué cierras las puertas tan despacio y con tanto cuidado?


El mestizo le miró con ternura y le dijo:
—Cuando, cada noche, compruebo que las puertas están bien cerradas, tengo la certeza de que al día siguiente, por la mañana, podré comenzar el nuevo día sin ningún peso del día anterior.—¿Tú como cierras las puertas, muchacho?

 

Esa noche, al acostarse, como todas las noches, el mozo dejó el vaso lleno de agua junto a la mesilla. A la mañana siguiente, al despertar nada más salir el sol, notó que en la habitación flotaba un olor diferente y, aunque no lo había olido nunca, sin embargo le era enormemente familiar, como si formara parte de su ser. Estaba sediento. Cuando cogió el vaso y dio un sorbo, comprobó con sorpresa que el agua estaba salada. Entonces, comprendió: la habitación olía a la brisa del mar.


Se levantó despacio, se acercó hasta la puerta, giró la manilla hasta encajarla en el hueco del herraje y comprobó con firmeza y lentamente que la puerta no podría abrirse por accidente. Entonces salió por la ventana y comenzó a caminar en busca del mar.


En su cabeza resonaban las palabras del mayoral:
—¿Tú como cierras las puertas, muchacho?

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