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Quedan motivos: ¿Qué está en juego cuando jugamos?

El juego también nos ayuda a desarrollar y entender la imagen que queremos dar

TRANSFEMINALIA

Dice Montaigne que los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades. Pero ¿en qué pensamos cuando compramos un regalo? ¿Cómo decidimos? O mejor, ¿Quién decide por nosotres a la hora de elegirlo? ¿Decidimos realmente lo que compramos? ¿Hasta qué punto nos influyen los anuncios, los grupos de padres, madres, tutores? ¿Nos influye el color del género —rosa/azul— en nuestros regalos? Cuando vamos a comprar ¿aparece la vergüenza o el miedo a que el vendedor se comporte como un policía que basa su juicio en clichés o estereotipos de género?


“El juego no tiene género”, dicen muchas campañas con mejor voluntad que puntería. Pero lo cierto es que sí, que el juego tiene género muchísimas veces; lo que no resulta extraño si tenemos en cuenta que es en el periodo de la infancia, y a través del juego, que empezamos a comprendernos a nosotres mismes, y a conformar nuestra identidad, y qué duda cabe que el género, la identidad sexual, son una parte importante de ésta. “Por un juguete no sexista”, dicen otras campañas. Vale. El juguete no sexista está bien; pero no nos engañemos: el puzzle no es la solución a las cuestiones relativas al género en la infancia, pues la identidad sexual, la idea de género, la personalidad que queremos tener, quienes queremos ser, en definitiva, se fragua a través del juego. Y es entorno al juego que se nos facilita construir parte de nuestros sueños. Sueños entendidos como la proyección de lo que queremos ser.


El juego también nos ayuda a desarrollar y entender la imagen que queremos dar. Nuestra personalidad se forma con el diálogo que hay entre el yo y el otre. Es una retroalimentación, un intercambio; de ahí la importancia de lo lúdico. Por eso, cuando utilizamos juguetes o juegos que son considerados unisex estamos, de algún modo, invisibilizando otras identidades de género que no son la hegemónica.


Estamos incluyendo bajo la etiqueta de unisex todo aquello que al final, es identificado como masculino, asimilando en ello otras realidades de género, otras feminidades, transexualidades y, en definitiva, cualquier identidad o expresión de género distinta a la hegemónica.
“Lo unisex” es peligroso, en ese sentido, porque vacía de significado todas esas categorías no dominantes hasta que las hace desaparecer, diluyéndolas en esa masculinidad hegemónica que se esconde bajo el término “unisex”.


No se trata de que los juguetes tengan o no género, sino de que cada quien utilice ese juguete para construir su identidad, incluyendo en ésta su propio género (o géneros) sin que los roles vengan impuestos desde fuera.


Porque si borramos las diferencias construimos personas homogéneas, uniformes y favorecemos una sociedad que penaliza las diversidades y que propicia el pensamiento único, lo que supone un maravilloso caldo de cultivo para el capitalismo, que fabrica idénticas identidades en serie.
Es fácil regalar cuentos clásicos y puzles, pero para la próxima, pregúntate si estás dispueste a regalarle a tu sobrino el disfraz de princesa que te pidió, y explicárselo con naturalidad a la dependienta, a tu hermano y a tu cuñada.


Porque un niño vistiendo una Barbie o una niña jugando a afeitarse con la brocha y el jabón de su padre, hacen temblar los cimientos de todo el sistema capitalista más que la caída del Ibex 35.

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