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Dulces que acercan el cielo a la tierra

El convento de las Claras de Aguilar elaboran pasteles y dulces de calidad

A. BENITO

Llevan más de medio siglo endulzando los paladares de la gente, pero su historia comenzó a escribirse mucho antes. Fue en el siglo XV cuando una bula del Papa Sixto IV autorizó el traslado de las monjas clarisas que se encontraban en el eremitorio de Santa María de Camesa al establecimiento que, por aquel entonces, ocupaba una comunidad de franciscanos.

 

Así nació el convento de Santa Clara, un conjunto edificado y una congregación que se vieron afectados por la Guerra de la Independencia y por la desamortización de Mendizábal, pero que consiguieron reponerse a los contratiempos para continuar con su actividad. Tampoco pudieron evitar las Clarisas los efectos de la Guerra Civil y es que, según cuenta una de las religiosas, “el 18 de octubre de 1936 una bomba cayó en la huerta del monasterio y otra en el claustro”. Milagro, casualidad o suerte, no se sabe cuál fue la razón, pero lo cierto es que más allá de los daños materiales, no hubo que lamentar ninguna muerte.

 

Reformado el convento, las Claras de Aguilar tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos, sumando a su fin principal –la liturgia y la vida contemplativa– algunas actividades encaminadas a obtener un beneficio económico que les permitiera subsistir y mantener el valioso edificio en el que aún habitan. Así fue como las Hermanas de los Pobres de Santa Clara comenzaron a ofrecer servicios de tintorería y bordado y a elaborar sacos para Fontaneda. Pronto añadieron a su labor, la elaboración de pasteles y dulces, una actividad que han mantenido hasta la actualidad y con la que las monjas consiguen endulzar a las gentes de Aguilar y su comarca y a los visitantes que se acercan hasta la localidad para descubrir sus tesoros patrimoniales, naturales y, por supuesto, culinarios.

 

Como ellas mismas señalan, “las cosas ya no son lo que eran”, pero lo cierto es que las Claras continúan elaborando deliciosos pasteles, tartas, bollos, hojaldres y pastas a la manera tradicional, algo que se aprecia en la finura y calidad de sus productos. Para ello, las monjas más veteranas, cuentan desde hace unos años con la ayuda de varias novicias llegadas desde Kenia y Madagascar, unas jóvenes que se han adaptado rápidamente a la vida en el Convento y que, además de sacar el trabajo adelante, han venido a darle un toque exótico y divertido a una congregación que se ha visto claramente afectada por la falta de vocación en nuestro país. “Llegamos a ser 63, pero ahora mismo solo somos 30”, explican las hermanas.

 

“Nuestra vida la marcan las horas de rezo, pero parte del día lo dedicamos a la elaboración de pasteles, porque mientras estemos en la Tierra, de algo tenemos que vivir”, continúan las religiosas, que actualmente están inmersas en la campaña de Navidad. “De cara a las Fiestas, estamos centradas en la elaboración de turrones. Tenemos hasta siete clases distintas. También hacemos polvorones, panellets, chulapillas, figuritas de mazapán, pastel gloria, pan de cádiz, peladillas, emipiñonados y frutas glaseadas. Todo artesanal  y con productos de primera calidad”, comentan las monjas aguilarenses cuyos productos pueden encontrarse en Aguilar, Guardo y Melgar. Unos productos que acercan el cielo a la tierra y que, como dice el refrán, son todo un “bocatto di cardinale”.

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