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LA DISERTACIÓN Y EL DIÁLOGO EN LAS AULAS

Hace poco, uno de mis alumnos de cuarto curso de E.S.O. me pidió consejo;

Hace poco, uno de mis alumnos de cuarto curso de E.S.O. me pidió consejo; no sabía cómo abordar una tarea a la que, en efecto, los alumnos no están acostumbrados, no al menos hasta bien entrado el bachiller, cuando las pruebas de acceso a la universidad requieren haber desarrollado ya cierta competencia en el comentario y discusión en torno a textos de la más diversa índole: literarios, filosóficos o de la vida cotidiana. La tarea en cuestión consistía en hacer una disertación sobre un tema escogido por el propio alumno de entre un listado de unas cuarenta opciones, suficiente como para que cada cual tuviera dónde elegir sin repetir.

“Disertar” significa abordar con detenimiento una materia determinada que, por lo general, se conoce bien y se expone en público. Es una ocasión que incita a los alumnos a la reflexión, a llevar a cabo una pequeña labor de investigación sobre un tema cuyos entresijos es probable que, de entrada, no conozcan. También incita a compartir averiguaciones a través de la exposición y el connatural diálogo que habrá de seguir a la misma y, por supuesto, a enfrentarse a un auditorio expectante que, a pesar de estar constituído por los propios compañeros de aula, suele hacer que nos entren un poco los nervios.

 

Desde mi punto de vista, la disertación es un recurso que no se explota lo suficiente en nuestras aulas, y creo que prueba de ello es que muchos alumnos no saben sortear el primer obstáculo a la hora de ponerse “al lío”: quedarse en blanco. A mí al menos siempre me pasa: basta que necesites desarrollar una idea para no saber por dónde empezar a materializar tu pensamiento.

Algunos estudiantes confiesan que se ven faltos de herramientas para abordar una tarea de esta índole; otros se escudan en el desconocimiento de la materia a tratar. El problema, por supuesto, no es que no puedan o sepan informarse sobre el tema, ¡no en un mundo donde tienen todo el conocimiento al alcance de unos pocos clics! Lo que realmente les hace atragantarse es que no ponen en juego los recursos y herramientas que se les brindan, sea por vagancia o por desconfianza en los mismos. Y esto es un error.

Para hacer un comentario de texto, lo mismo que para elaborar las líneas temáticas y argumentales principales de una disertación, es esencial esquematizar lo que uno ya sabe de partida, esto es, antes de ampliar conocimientos. Si uno se salta este paso no acabará más rápido, sino que le saldrá (si sale algo) un auténtico churro. Lo mismo que para elaborar un puzle es conveniente tener a la vista todas las piezas que lo conforman, hay que tener en mente los propios conocimientos que nos servirán de base para acometer la tarea. Y así como en un puzle solemos hacer una primera clasificación de las piezas en función del color predominante en ellas, también debemos sistematizar de algún modo lo que sabemos para tenerlo accesible rápidamente. Esto es lo que peor suelen llevar nuestros educandos, o eso me dice mi hasta el momento limitada experiencia.

Por otro lado, está el conocimiento de la lengua. Conocer las propiedades del texto y tratar de incorporarlas a nuestro esbozo será esencial. La sencillez, claridad y concisión son propiedades adicionales cuya inclusión es más que recomendable a nivel de escuela (descartamos aquí de entrada las disertaciones especializadas).

Finalmente, saber adaptar lo que se ha plasmado sobre el papel al canal oral tiene su aquel. En este punto resulta muy apropiado recordar que la práctica frecuente de una habilidad es lo que nos hace mejorar y perfeccionar dicha habilidad progresivamente. Pues bien, no es diferente cuando se trata de verbalizar lo escrito.

 

Bueno… supongo que ya me he quedado un poco más a gusto. Me he lanzado a escribir este post por el simple hecho de que este tipo de reflexiones siempre me vienen a la cabeza cuando imparto alguna clase de Lengua o de Filosofía. Muchas veces los chavales andan muy perdidos cuando se trata de analizar un texto o comentarlo. Pero cuando les piden hacer una disertación... ¡Ayyy, las disertaciones! Muchos ponen el grito en el cielo y se vienen abajo antes de intentarlo siquiera.

Y es una pena que el diálogo, que es uno de los medios más fructíferos que tiene el ser humano para exponer lo que sabe, para comunicarse e intercambiar conocimientos, sea también y paradójicamente lo que más descoloca y petrifica a los estudiantes. Reavivar las bases del aprendizaje dialógico no vendría mal hoy día; digo más, debería cultivarse e impulsarse con mayor énfasis tempranamente, desde la enseñanza primaria, para que el desarrollo de las competencias dialógicas sea parejo al desarrollo intelectual del niño/adolescente/joven, que de otro modo se encuentra con 17 añazos y con un insuficiente desarrollo de sus aptitudes verbales. Quizá tengamos este aspecto un poco olvidado, no lo sé. En cualquier caso, y visto que el diálogo es tan saludable… ¡a dialogar se ha dicho!

 

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